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| Dr. Jonathan Mora |
En el imaginario de las masas o del pueblo mas llano, suele reducirse el servicio pre-hospitalario a una coreografía de centellas multicolores y una sirena incesante. Para el observador mas astuto, el éxito de una intervención se mide únicamente en minutos. Sin embargo, quienes habitamos el cubículo asistencial sabemos que, si bien la rapidez es un factor, la verdadera diferencia entre la vida y la muerte no viaja en el rugido del motor, sino en el juicio clínico y la pericia de quienes tripulan la unidad.
Históricamente, se nos ha visto como un "taxi rápido y gratis" hacia el hospital. Pero la medicina moderna a demostrado que la ambulancia no es un vehículo que lleva al paciente hacia la salud; la ambulancia es la medicina desplazándose hacia el paciente. Cuando estabilizamos una vía aérea en el caos del tránsito o manejamos un cuadro respiratorio en un entorno hostil, no estamos haciendo "primeros auxilios"; estamos ejerciendo medicina de emergencia pura en el eslabón más crítico de la cadena de supervivencia.
Lastimosamente todo el esfuerzo se empaña cuando nos topamos con el obstáculo de la indiferencia de aquellos que no logran dimensionar la naturaleza de nuestro trabajo y obstruyen el paso hacia la escena o el hospital. Recientemente vimos como el conductor de un carro deportivo impide el paso de una ambulancia que francamente lleva clave de emergencia, al tener luces y sirenas encendidas.
Este no fue un caso aislado, es una realidad amarga en nuestras calles que se vive diariamente, a todas horas: la falta de cultura vial. En República Dominicana, el derecho a la prioridad de paso no es solo una cortesía, es un mandato legal. La Ley 63-17 de Movilidad y Transporte es clara en su Artículo 93, obligando a todo conductor a despejar el carril izquierdo y facilitar el paso ante el sonido de una sirena (de cualquier vehículo de emergencia).
A pesar de esto, el personal pre-hospitalario enfrenta a diario el "bloqueo" de conductores indiferentes o, peor aún, la peligrosa práctica de quienes intentan rebasar pegados a nuestra parte trasera, violando la distancia mínima de 90 metros que dicta el Artículo 224 de la misma ley. Ignorar una sirena no es solo una infracción sancionable con hasta tres salarios mínimos; es, en la práctica, una interrupción directa a un acto médico vital. Cada segundo que un conductor nos bloquea el paso, le está restando oportunidades de recuperación a un ciudadano.
Un llamado al reconocimiento para que el sistema de salud dominicano evolucione, el cambio debe ser doble. Por un lado, la sociedad y las autoridades deben entender que obstruir una ambulancia es obstruir una asistencia medica en movimiento. Por otro lado, nosotros, como profesionales, debemos seguir elevando el estándar, demostrando que detrás de esa sirena hay ciencia, protocolos basados en evidencia y un compromiso inquebrantable por salvar vidas.
Es hora de que nuestra narrativa cambie. Debemos sentirnos orgullosos de la velocidad, pero más aún de nuestro criterio clínico. Al final del día, lo que realmente salva vidas no es solo el ruido de la sirena abriéndose paso, sino el silencio concentrado de un equipo que, una vez superado el tráfico, tiene el conocimiento necesario para ganarle la batalla a la muerte en plena calle.


